El aroma del domingo
La primera vez que Carmen vio a Iván supo que le robaría el corazón. Aún recuerda como si fuera ayer aquél traje italiano gris que hacía juego con su corbata a rayas azules y los zapatos negros bien lustrados. Pero lo que nunca olvidará, ni en el último de sus días es ese aroma amaderado que parecía desprenderse lentamente de su piel bronceada, como diamantes invisibles portadores de efluvios eternos.
Todo esto pasó un lunes en aquél lujoso almacén donde Carmen era encargada de entregar muestras de perfumes, por eso había aprendido a reconocer la esencia de un hombre por su aroma: Cítricos para jóvenes (y no tanto), que también le huían a los compromisos; dulzones para los de gustos anodinos y los otros, los de maderas -como el de Iván- para los elegantes, y los que casi nunca tendrían única dueña.
Es así como Iván, siempre acostumbrado a las miradas del sexo opuesto ese día pasó de largo por el mostrador de Lanvin, donde atendía Carmen. ¿Qué hizo entonces que él volteara? nunca lo supo a ciencia cierta, pero intuía que eran tantas las feromonas que habían explotado dentro de su ser, tan imperiosas las ganas de que él le notase, que por alguna razón lograron que Iván se detuviera y girase lentamente hacia ella, una mirada que a él, tan acostumbrado a ser deseado le supo diferente a las otras.
Fue un instante detenido en el tiempo, como si al mirarse se desnudaran mutuamente y su piel adquiriera la sensibilidad de un pétalo de rosa, o la ternura de un clavel. A Carmen le gustaba recordar así ese día, entre aromas de bosque y de flores. Su Iván había llegado a su vida. Qué importaba lo demás, qué más daba si el fin de mes se acercaba y si aún estaba liada para pagar la renta. En ese instante había dejado de importar la compañera de al lado, veinte años más joven, de piel tersa y a la que todos los clientes se dirigían dejándole onerosas comisiones de más del doble del que ella percibía. Y por supuesto, en ese instante no importaba lo mucho que Adrián la había lastimado, como aquél día que estando ebrio por primera vez la acariciaba y le decía que pensándolo bien no era tan fea.
Por eso, en ese instante todo lo demás no existía, el sol que se colaba por el enorme domo multicolor del almacén y que tenía formas barrocas iluminaba su rostro. Desde lejos un niño los miraba curioso del brillo en sus ojos agarrado del brazo de su madre, que a su vez eran seguidos por su muchacha quien cargando las bolsas soñaba con comprar un vestido de ahí algún día.
Y así duraron un buen rato, no recuerda bien cuanto pero que le supo eterno, hasta que por fin él le preguntó con una sonrisa preciosa que si se conocían de alguna parte, Y hablaron de todo y de nada, de lo humano y lo divino. Él le contó que siempre había usado Dolce & Gabbana tradicional, y le preguntó que si era nueva porque no le había visto antes. Después le dijo que había quedado para beber un café con compañeros del trabajo y partió de ahí dejando a Carmen con la promesa de recogerla el viernes a las nueve.
En ese momento y sin saberlo, Iván le había dado una razón para sentirse viva. Y es que hacía tanto que en su vida había tanta rutina. El despertador a las siete, poner el pie derecho en el suelo al levantarse de la cama por aquello de la mala suerte e ir por un café aguado para coger el valor suficiente de enfrentar el día. Desayunar algo de fruta y fibra por si lograba por fin comenzar su dieta sin arruinarla al llegar la cena y zamparse de pan y mermeladas, viendo con envidia las vidas felices de los príncipes de gales en la tele.
Ese día, el resto de su día fue diferente. Ahora comenzaba a cobrar sentido aquella dieta, y entonces le vino a la mente que para esa noche sería bonito pintarse las uñas de rojo y estrenar por fin ese vestido negro que había comprado a plazos con su tarjeta de empleada. Por fin usaría lencería bonita que le había traído su jefa de su viaje a Colombia y no las bragas grandes de siempre, incluso usaría sandalias altas y sin medias.
Una chispa se había encendido en Carmen, una sensación de nervios en el estómago que le ponía la piel al borde y los nervios de punta.
Quién sabe si esta vez sería diferente, si esa mirada sería la misma que vería todos los días al despertarse por la mañana al abrir la ventana para dejar que se colaran los rayos del sol, si irían juntos al súper mientras él le comentaba lo que le gustaban las novelas negras de Henning Mankell y ella le escogía los duraznos más rojos, porque a Iván le gustarían los duraznos.
Quién sabe si sería divorciado, con hijos profesionistas o si como su aroma había vaticinado sería un hombre casado y en cuyo caso las ilusiones de Carmen se convertirían en agua que cae al suelo y se evaporarían bajo un sol extenuante.
O quizás, tal vez, la despertaría con un beso en la nariz por la mañana para luego decirle lo bonita que se ve sin maquillaje, con esos nuevos pliegues en el rostro para luego desayunar en el parquet sin muebles de su nuevo piso de paredes blancas y ventanas grandes, por donde se colaría el aire moviendo las cortinas y dejando entrar el aire del domingo.
Porque el domingo huele diferente.
Todo esto pasó un lunes en aquél lujoso almacén donde Carmen era encargada de entregar muestras de perfumes, por eso había aprendido a reconocer la esencia de un hombre por su aroma: Cítricos para jóvenes (y no tanto), que también le huían a los compromisos; dulzones para los de gustos anodinos y los otros, los de maderas -como el de Iván- para los elegantes, y los que casi nunca tendrían única dueña.
Es así como Iván, siempre acostumbrado a las miradas del sexo opuesto ese día pasó de largo por el mostrador de Lanvin, donde atendía Carmen. ¿Qué hizo entonces que él volteara? nunca lo supo a ciencia cierta, pero intuía que eran tantas las feromonas que habían explotado dentro de su ser, tan imperiosas las ganas de que él le notase, que por alguna razón lograron que Iván se detuviera y girase lentamente hacia ella, una mirada que a él, tan acostumbrado a ser deseado le supo diferente a las otras.
Fue un instante detenido en el tiempo, como si al mirarse se desnudaran mutuamente y su piel adquiriera la sensibilidad de un pétalo de rosa, o la ternura de un clavel. A Carmen le gustaba recordar así ese día, entre aromas de bosque y de flores. Su Iván había llegado a su vida. Qué importaba lo demás, qué más daba si el fin de mes se acercaba y si aún estaba liada para pagar la renta. En ese instante había dejado de importar la compañera de al lado, veinte años más joven, de piel tersa y a la que todos los clientes se dirigían dejándole onerosas comisiones de más del doble del que ella percibía. Y por supuesto, en ese instante no importaba lo mucho que Adrián la había lastimado, como aquél día que estando ebrio por primera vez la acariciaba y le decía que pensándolo bien no era tan fea.
Por eso, en ese instante todo lo demás no existía, el sol que se colaba por el enorme domo multicolor del almacén y que tenía formas barrocas iluminaba su rostro. Desde lejos un niño los miraba curioso del brillo en sus ojos agarrado del brazo de su madre, que a su vez eran seguidos por su muchacha quien cargando las bolsas soñaba con comprar un vestido de ahí algún día.
Y así duraron un buen rato, no recuerda bien cuanto pero que le supo eterno, hasta que por fin él le preguntó con una sonrisa preciosa que si se conocían de alguna parte, Y hablaron de todo y de nada, de lo humano y lo divino. Él le contó que siempre había usado Dolce & Gabbana tradicional, y le preguntó que si era nueva porque no le había visto antes. Después le dijo que había quedado para beber un café con compañeros del trabajo y partió de ahí dejando a Carmen con la promesa de recogerla el viernes a las nueve.
En ese momento y sin saberlo, Iván le había dado una razón para sentirse viva. Y es que hacía tanto que en su vida había tanta rutina. El despertador a las siete, poner el pie derecho en el suelo al levantarse de la cama por aquello de la mala suerte e ir por un café aguado para coger el valor suficiente de enfrentar el día. Desayunar algo de fruta y fibra por si lograba por fin comenzar su dieta sin arruinarla al llegar la cena y zamparse de pan y mermeladas, viendo con envidia las vidas felices de los príncipes de gales en la tele.
Ese día, el resto de su día fue diferente. Ahora comenzaba a cobrar sentido aquella dieta, y entonces le vino a la mente que para esa noche sería bonito pintarse las uñas de rojo y estrenar por fin ese vestido negro que había comprado a plazos con su tarjeta de empleada. Por fin usaría lencería bonita que le había traído su jefa de su viaje a Colombia y no las bragas grandes de siempre, incluso usaría sandalias altas y sin medias.
Una chispa se había encendido en Carmen, una sensación de nervios en el estómago que le ponía la piel al borde y los nervios de punta.
Quién sabe si esta vez sería diferente, si esa mirada sería la misma que vería todos los días al despertarse por la mañana al abrir la ventana para dejar que se colaran los rayos del sol, si irían juntos al súper mientras él le comentaba lo que le gustaban las novelas negras de Henning Mankell y ella le escogía los duraznos más rojos, porque a Iván le gustarían los duraznos.
Quién sabe si sería divorciado, con hijos profesionistas o si como su aroma había vaticinado sería un hombre casado y en cuyo caso las ilusiones de Carmen se convertirían en agua que cae al suelo y se evaporarían bajo un sol extenuante.
O quizás, tal vez, la despertaría con un beso en la nariz por la mañana para luego decirle lo bonita que se ve sin maquillaje, con esos nuevos pliegues en el rostro para luego desayunar en el parquet sin muebles de su nuevo piso de paredes blancas y ventanas grandes, por donde se colaría el aire moviendo las cortinas y dejando entrar el aire del domingo.
Porque el domingo huele diferente.
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