L'Autunno

Es en estas extrañas tardes de otoño que me da por huir de mi mismo, de refugiarme a mitad de un profundo bosque en una mañana que precede a una noche tormentosa, para recostarme desnudo en la tierra aun húmeda debajo de miles de abedules que apenas permiten colar el paso de algunos rayos de sol, de un viento gélido en mi cara que en armonía lanza lentamente decenas de hojas, una a una acariciando mi cuerpo emitiendo notas de vibraciones tan altas plenas de erotismo y nostalgia, en un par de vértices que solo pueden tener encuentro en esta época del año.
Es justo en ese refugio de sombras vibrantes y dadoras de paz que mi iris se encela del marrón y el naranja, del ocre y el café, de una infinidad de verdes que poco a poco se pierden en el tiempo, mezclándose con miles de variaciones de flores que inevitablemente ceden ante su fuerza para dejar de maravillarme con su majestuosidad de formas y aromas... para recordarme que nada es eterno más que el propio encuentro con esa quietud.
Es entonces que despierto como siempre de este sueño, exaltado y tembloroso, bañado en sudor ante su inmensidad, encontrándome perdido en mi bosque, tímido, indefenso y totalmente expuesto ante quien me vio nacer, quien conoce los suspiros y códices más tenues que emergen de mis labios y recorre a prisa los canales púrpura que trazan cientos de laberintos dentro de mi.
Y corro con todas mis fuerzas con los ojos cerrados sobre veredas inexploradas llenas de piedras y ramas, y siento que la emoción me desborda y es cuando el rocío se mezcla con mis lárgrimas, hechas de profundas nostalgias e increíbles sensaciones basadas en pequeños placeres que muy pocos comprenden, y ahí tengo que parar para abrazarme a un arbol lo más fuerte que puedo, para por medio de mi llanto y de mis gritos decirle todo lo que no puedo con palabras; porque el Otoño es mi refugio, mi cómplice.
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